domingo, 27 de diciembre de 2009

Ya no existes


Tu mano avanzaba lentamente por mis piernas, yo sólo te miraba y dejaba que hicieras lo que quisieras. Ya no me importaba.
Tu respiración se aceleraba, sabía que sólo deseabas abalanzarte sobre mí y penetrarme hasta hacerme gritar de dolor, pero por cosas de formalismos y sutilezas que no se dicen, te contenías. Toqué tu entrepierna, estabas inevitablemente jodido. Abrí tu cierre y metí mi mano entre tu pantalón. Acerqué mi boca a tus labios y te besé sutilmente. Con una risa socarrona metiste tu lengua en mi boca, la introducías y la quitabas una y otra vez. Mi cabeza se llenó de pensamientos sucios, ya sólo deseaba que me destrozaras. Separé mis piernas para que me tocaras, quería sentir tus manos desparramándose por mi piel. Me miraste nuevamente con una risita burlona , me dejasta abajo de ti y deslizaste tus dedos hasta el punto preciso. Tu cabello caía sobre mi rostro extasiado. Por suerte nos entendemos bien en estas cosas, aunque en lo demás seamos unos desconocidos completamente apáticos.

"Déjalo ya...", te dije. Observé cómo tus ojos se ponían iracundos. Me abofeteaste, y gemí de placer. Me tiraste al suelo y te apretaste contra mí con rabia. "Para..." Me rompiste los labios con un beso enfermizo. "¡Para!". Me desnudaste y me arañaste la piel, me hiciste sangrar. Lamiste mi sangre y luego me besaste para que sintiera mi miseria en tu lengua. Yo era sólo un cuerpo inerte y desnudo, tirado en el suelo, y tú estabas sobre mí, escondido tras tus ropas y tu odio. Abriste mis piernas,acercaste tu boca y me escupiste. "Vete, maldito enfermo". De despedida mordiste mi boca y saliste por la puerta trasera. Nunca más nos volvimos a ver. Por suerte hiciste uso del clonazepam que tenías guardado desde hace un tiempo en tu cofre de los recuerdos. Quemé tus cartas y no derramé ni una sola lágrima. Cuando te amé de verdad, escupiste mi rostro, y cuando fui la puta indiferente que me hiciste ser, te arrodillaste implorándome amor. No sirvo para estas cosas, y lo sabías. Siempre tuve el estigma de la contrariedad. Si me despreciabas, yo te amaba con locura; si me deseabas, te impedía adulterar mi cuerpo; si me amabas como un perro, te humillaba por rebajarte a quererme. Ahora que no estás es todo más fácil ¿Lo sabías?

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