
De pronto despertó sobresaltada, intentando inhalar algo de aire. Cayó estremecida al suelo. "¿Realidad o sueño?", se autointerrogó mentalmente. No sabía. Hace un tiempo ya no distingue entre crudeza y ensueño. Confunde, se ensimisma, y no sabe por qué, ni cómo. "¿Estoy loca?", se pregunta.
Y pensar que antaño era un bichito homogéneo entre la sociedad. Pensaba, sentía, creía lo mismo que las masas que la rodeaban. Ahora, gracias a su hermetismo y su autoinducida soledad, cercenó todos sus sueños miles de millones de veces repetidos en las vidas de otros, y claro, se inmiscuyó en otra calamidad de anhelos y sentires repetidos humanamente, pero al menos ya no sueña, no espera nada. Soledad a veces fatal, por momentos la enferma, por momentos le carcome la boca con un sabor agridulce. Camina entre la lluvia, sola. Fuma su dosis diaria de tabaco amargo, sola. Duerme y despierta, sola.
Al principio el vacío era tortuoso. Pasa los días dopada, con una sensación de fatiga y ansiedad a la vez. Insomnio nefasto. Los días pasan tan lentamente que siente que retrocede. El tic tac del reloj la enferma, esperando a que algo cambie... ¿pero ha de cambiar algo si se queda sintiendo su pesar y de brazos cruzados? Las raras coincidencias del azar rara vez se filtran en nuestras vidas para causar cataclismos radicales. Esperar, soñar, autoaniquilarse de pesar y quedarse mirando el techo es como comenzar a morir progresivamente. Y nadie hará nada. Sólo vasta una cosa... una puta cosa... sólo debe extender su mano y escoger de una vez, o la dosis de mercurio que hay en el velador, o la perilla de la puerta para salir al mundo a respirar y a existir. ¿Es vida aquella que se prolonga sólo para ver pasar los días monótonos intercalándose uno tras otro? Sinceramente, en la vida humana, eso no es existencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario